Todos hemos escuchado, aunque sea lejanamente, como esas historias que nos relataban nuestros abuelos al calor de la lumbre en el pueblo o en esas calurosas noches de verano bajo la luz de las estrellas, el término éxodo rural. Ese que se produjo en nuestro país a partir de los años 50 y 60.

Primero, se marcharon los jóvenes. En los entornos rurales de aquellos tiempos, no se vivía, se sobrevivía. La economía era una economía de subsistencia. Las ciudades, sin embargo, prometían otra cosa: trabajos con una jornada laboral (no de sol a sol, como en el campo, con el ganado). Jornadas de ocho horas, donde fichabas al entrar y al salir. Empleos en la construcción, en hostelería, en oficinas, donde no importaba que hiciera calor o nevase. La tarea no se detenía pese a las condiciones climatológicas. Durante todo el año había trabajo, había un sueldo.

Conversaciones
La Estrella (Mosqueruela, Teruel). Autor: Pedro Rolán (@petertraveltop)

En las ciudades no se sobrevivía, sino que se podía vivir: soñar con ahorrar algo a final de mes, con comprar una casa en ese lugar, comprar un automóvil, que tus hijos pudieran estudiar e incluso, quién sabe, soñar con unas vacaciones en el mar, aunque solo fueran un par de semanas al año.

Mismo trabajo, menos gente

Además, la mecanización comenzaba a llegar al campo. No había marcha atrás. Donde antes hacían falta doscientas personas para recoger las aceitunas, ahora con solo cinco y algunos tractores era suficiente. Seguía habiendo el mismo trabajo, pero sobraba gente. A los pueblos se les extirpó a la fuerza su población. No hubo elección. Como decía, primero se marcharon los jóvenes.

Casas
Castillonuevo (Navarra). Autor: Pedro Rolán (@petertraveltop)

La voz se corría como la pólvora. Una carta, una visita fugaz al pueblo para ver si la familia y los amigos seguían bien: los que resistían en su tierra escuchaban los cantos de sirena, lo bien que se vivía en las ciudades, lo fácil que era encontrar trabajo en las capitales, y el dinero que se ganaba en ellas. Lo fantástico y nuevo que era todo aquello. Era el futuro. A los jóvenes, cuando se marcharon, les siguieron sus padres. Y así, poco a poco (o más bien rápidamente) los pueblos fueron vaciándose, quedándose sin gente, sin alma.

Ya nada volvió a ser lo mismo en el pueblo

Cada casa que se abandonaba era una puerta que ya jamás volvería a abrirse, un hogar que ya jamás volvería a habitarse. Lo sabían bien los pocos que decidieron quedarse. El por qué de esa decisión de permanecer allí, solo la conocen ellos. En muchos casos, fue por la imposibilidad de marcharse también a las ciudades, siguiendo a la masa (el infortunio, la casualidad, la mala suerte, las circunstancias personales…).

Paisajes
Valtajeros (Soria). Autor: Pedro Rolán (@petertraveltop)

En las más contadas ocasiones, fue porque, simple y llanamente, esos vecinos no querían moverse de allí. Siempre habían vivido en ese lugar, toda su existencia y su historia estaba allí, y no entendían la vida en otro sitio. Solo que pronto se dieron cuenta que ese lugar ya no era el mismo ni lo iba ser nunca jamás. Como la famosa frase de «Alicia en el País de las Maravillas»: «Sabía quién era esta mañana, pero he cambiado varias veces desde entonces”, el pueblo había cambiado. Irremediablemente. Y nunca volvería a ser lo que fue. Casas cerradas, que se iban derrumbando por el pasar del tiempo, al no tener ningún tipo de mantenimiento. Calles vacías. Menos saludos, menos gente, menos fiesta, menos vida. Efectivamente, para los que se quedaron ya nada volvió a ser lo que era.

La percepción de lo rural

Además, siempre flotó en el ambiente, se dijera o no, esa sensación de que quienes se quedaron habían sido los fracasados, los desafortunados, los que no consiguieron progresar. Las ciudades eran la luz, el maná, lo positivo, el yin. Los pueblos, por el contrario, eran la oscuridad, el frío, lo negativo, el yang.

Historias del pueblo
Trevejo (Cáceres). Autor: Pedro Rolán (@petertraveltop)

Durante muchísimos años, todo lo rural ha ido de la mano de una errónea percepción de subdesarrollo, de desolación y hasta de menosprecio respecto a lo urbano. La vida en el campo era solo para esos pobres necios que no consiguieron huir y encontrar acomodo en el confort y la calidez de las grandes urbes.

Los (pocos) que se marcharon a las ciudades, como todos, en busca de trabajo y que después de algún tiempo vieron que eso no era para ellos y que en realidad donde querían vivir era en su pueblo, volviendo otra vez a sus orígenes, fueron vistos como poco menos que pobres locos, insensatos e inadaptados. Una palmadita en la espalda, rictus de aflicción y un «que te vaya bien» como despedida. Siempre incomprendidos.

Camino de ida y vuelta

En el punto en el que hoy nos encontramos, deberíamos destacar varias cosas. La primera, que no poca gente de la que se marchó a las ciudades lo hizo obligada. Afirman que si hubiera habido trabajo en su pueblo, o cerca de él, jamás se hubieran ido a otra ciudad. Se hubieran quedado. Pero la falta de trabajo, perspectivas y futuro, les hizo irse.

Visitas al pueblo
Villarroya (La Rioja). Autor: Pedro Rolán (@petertraveltop)

También debemos tener en cuenta que muchos de los que se marcharon en los años 50 y 60 rumbo a las ciudades, para progresar y hacer dinero, en cuanto hubieron progresado e hicieron dinero, volvieron al pueblo del que un día se fueron y gastaron parte de ese dinero ganado en las ciudades para comprarse de nuevo una casa allí (o reformar y volver a levantar la que aún conservaban, la casa familiar). Qué ironía. Uno se va del pueblo abandonando su casa para ir a la ciudad a ganar dinero y, en cuanto lo consigue, vuelve al pueblo a gastarse parte de ese dinero comprando una casa. ¿Cuestión de edades, de momentos vitales, o de arraigo y raíces profundas?.

Pueblos en pie

Una última cosa: mucha de esa gente que se marchó a las ciudades y ahora vuelve a su pueblo (bien un par de días, una semana, un mes entero o incluso largas temporadas) son bien conscientes de que ese lugar permanece en pie y no llegó a desaparecer gracias a aquellos pocos que se quedaron en él.

Son sabedores de que hoy pueden regresar a su lugar de nacimiento a echar unos días, a disfrutar de la pensión y a vivir relajadamente (en un lugar con mejores infraestructuras, mucho más arreglado y con más servicios  que en los años 50) gracias a la gente que permaneció en esos lugares. Que, sin saberlo, mantuvieron a sus pueblos en pie, aun cuando no podían ni mantenerse ellos. Que lograron que esos municipios no desaparecieran para siempre, como ha ocurrido con tantas y tantas localidades en nuestro país.

Ni un solo reproche, como es lógico, a los que se fueron o tuvieron que irse obligados. Pero todo el reconocimiento que nunca se les dio a los que permanecieron. Esa gente son poco menos que héroes. Y se les ha escuchado muy pocas veces. Estamos ya casi hartos de escuchar en los medios hablar de despoblación, de la España vacía o vaciada, de territorios despoblados y desiertos demográficos… pero muy pocas veces les hemos escuchado a ellos. A los que se quedaron. Y a los que se fueron y luego volvieron. Estos vecinos tienen muchas cosas que contarnos. Y están deseando hacerlo. Están deseando hablar y ser escuchados.

La España que abandonamos
La España que abandonamos, Denis Escudero

Por eso me decidí a escribir «La España que abandonamos». Para recoger algunas de esas voces, a modo de pequeño homenaje. Para que sus historias, al contarlas y recogerlas en un libro, ya fuesen para siempre. Como deberían ser los pueblos.

Categorías: Puebleando

Denis Escudero (Colaborador)

Autor de "La España que abandonamos" y redactor del programa "Aquí la Tierra" de La 1 de RTVE, es licenciado en Periodismo, Máster en Cine y Televisión. Ha trabajado en radio, prensa escrita, medios digitales y televisión.

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Utilizamos cookies propias y de terceros para el correcto funcionamiento del sitio Web, realizar métricas analíticas, mostrar contenido multimedia y publicidad e interactuar con redes sociales.
Pinche el enlace para mayor información sobre nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies